LA NIÑA PERDIDA Y EL HOMBRE TRISTE
En una carretera secundaria cerca de un pueblo perdido de Méjico, donde el
sol y la tierra se habían comido la buena voluntad de los hombres, se detiene
un coche gris. Una madre se baja con un cigarro moribundo entre los labios y le
abre la puerta a una niña para que abandone el vehículo.
-Ahora vuelvo -una mentira que aterrizó en los oídos de la pequeña.
El coche se iba haciendo cada vez más pequeño ante las pupilas de la niña
según se alejaba, y comenzó a llorar. Aun así, la esperanza le aconsejó creer y
esperar el regreso de su madre.
Para la pequeña el mundo se había reducido a una desgastada carretera, una
gasolinera y unas cuantas casas esparcidas a la orilla de la calzada donde los
monstruos habitaban. El sol moría despacio llevándose su calor. La niña mira al
cielo con los ojos vidriosos imaginándose mil y una posibilidades en las que su
madre volvía a por ella, pero el tiempo no fue tolerante y la noche llegó puntual.
A esa misma hora un hombre triste se mete en la cama, después de haber
enterrado esa misma tarde a su mujer, que fallecía a mediodía por un paro
cardiaco. Para él, su esposa era todo su mundo y sabía que la mañana
siguiente, aunque saliera el sol y cantaran los pájaros, para él la tormenta
continuaría. Pensó en que haría el día siguiente, si se podría levantar o la
tristeza y la nostalgia le retendrían en la cama; si podría preparar el desayuno
que ella todos los días le hacía; si sería capaz de vestirse y salir a andar, cosa
que hacía diariamente. Empezó a tener pensamientos más oscuros,
relacionados con la muerte, y sintió que las paredes de la habitación se caían
encima de él.
La muerte llegó de madrugada y vio a su víctima arropada con hojas de
periódicos incompletos bajo el techo de una gasolinera abandonada, temblando
y asustada, soñando con un coche que regresaba a por ella. Por primera vez
en décadas la dama de negro sintió una molestia punzante a la que los
mortales llaman pena. No era su costumbre perdonar, pero se daba ese lujo
muy de vez en cuando.
Se arrodilló ante la niña y la arropó con su abrigo negro entre sus brazos
devolviéndole el color a sus pequeñas mejillas. Entonces entonó una extraña
canción de cuna que tranquilizó a la niña y asustó a los monstruos.
Casi amanecía cuando la muerte recordó sus compromisos. Los párpados de
la pequeña se separaron y lo primero que vio fue a una hermosa joven que la
observaba de cerca.
En una de las casas a orillas de la carretera, el hombre triste se rodea el cuello
con una soga. La vida le parecía una niebla gris, una función trágica que
terminaría cuando se dejase caer de la silla.
Sin embargo, no pudo, o no debía, creía que le faltaba valor. Quería destruirse
con todas sus fuerzas, pero no soportaba la idea. Se tiró al suelo llorando,