Las Espadas que dividen, vencen y juntan
1
No había pasado tanto tiempo desde que el portal de Dramia había vuelto a
abrirse.
Hacía por lo menos un par de siglos desde que el portal no había dado señales
de existencia.
Dramia era un país en algún planeta del universo en el que todos sus habitantes
tenían rasgos de dragones. Algunos de ellos eran de diversos colores; otros,
tenían cola o podían transformarse en dragones cuando quisiesen; incluso
algunos podían soplar fuego.
Nuria era una chica de trece años, de estatura media; ojos y pelo marrones.
Valiente y decidida, y un tanto de empollona como le decía su hermano.
Una lluviosa y fría mañana de mayo, estaba en la gigantesca biblioteca de su
instituto. Leía un libro de aventuras cuando oyó un extraño ruido.
Miró a su alrededor, no había nadie. Todos se habían ido hacía media hora
porque a nadie o a casi nadie le gustaba estar rodeado de libros más de una
hora. En cambio, a Nuria le gustaba estar en aquel lugar silencioso y tranquilo.
Nuria se levantó de la silla en la que estaba y caminó hacia un pasillo en el que
nunca había estado antes y de donde creía que venía el ruido. En él, solo había
libros antiguos con las páginas amarillentas que contaban historias que a nadie
le interesaban.
Oyó el ruido de nuevo, pero esta vez, más fuerte y Nuria se estremeció. El ruido
era como el crepitar de las llamas del fuego y, a la vez, como un estallido.
Siguió caminando lenta y sigilosamente por el pasillo hasta llegar a una parte en
que el ruido se hacía ensordecedor. Cogió un libro titulado “Las Espadas que
vencen, dividen y juntan” con manos temblorosas y lo abrió. Iba a empezar a leer
la primera página cuando de repente el libro empezó a temblar, se le cayó de las
manos y un destello de luz salió del libro deslumbrándola. Sintió como si sus pies
se levantaran del suelo y un fuerte viento que la empujaba como si quisiese
llevarla a algún lugar. Entonces, durante un segundo no vio nada, hasta que abrió
los ojos y no se creyó lo que veía.
Una silueta cabalgaba por las calles de Panedia, a las afueras del valle Oscur en
el norte de Dramia, envuelta en una capa de terciopelo negro bajo la lluvia. Tan
solo se le veía el cuerpo, pues la cara quedaba oculta en el interior de la capa.
Un broche de plata con forma de pluma indicaba que el encapuchado debía de
pertenecer al Valle Blanz, el valle al noroeste de Dramia.
El caballo blanco como la nieve, capaz de resistirse a la tentación de atacar a los
animales que le gruñían.
Dramia, el reino, se dividía en subreinos: Oscur, Blanz e Intermedial, cada uno
gobernado por diferente rey o reina, que protegían una espada individualmente:
la Espada de la Oscuridad, guardada en el subreino Oscur y protegida por el rey
Curv; la Espada de la Luz, perteneciente a la reina Blenn, reina de Blanz; y por